Abriendo líneas de argumento en las bases de la técnica moderna

Los últimos meses he seguido tras los pasos de los caballeros del punto fijo con los libros de Lafuente y Mazuecos y Nuria Valverde que nos cuentan al detalle las idas y venidas y dimes y diretes de estos “argonautas ilustrados” antes, durante y después de la Expedición al Perú para medir la longitud de la Tierra (y mucho más). Así que ha sido una alegría leer sobre la expedición en un post que recientemente ha escrito Natalia. ¡Qué alegría compartir lecturas! Y lo que comenzaba como un comentario ha terminado en una reflexión bastante larga que une las investigaciones que realizo en Aberdeen con Ingold con las conversaciones indianas y los trabajos en aRRsa! ¿Qué más se podría pedir?

Empiezo en la línea de la primera parte del post de Natalia, que habla sobre la evolución de los intrumentos de medida. Para mí, una de las sorpresas en el libro de L y M fue que, una vez iban a comenzar la faena de medición astronómica después de fijar, por triangulación, los puntos en los que medir las longitudes, Godin se da cuenta de que su sector astronómico de 12 pies se había estropeado en el viaje (L y M: 178). Así que al menos dos de los 9 años que Juan y Ulloa estuvieron en Perú con Godin, La Condamine y Bouguer (otros tardaron hasta 27 años en volver y algunos murieron, ¡qué odisea!) los dedicaron a aprender y construir ellos mismos un sector y entrenarse en las observaciones mientras las dudas sobre la posibilidad de hacer observaciones precisas iban creciendo y creciendo con cada instrumento y serie de medidas (barómetros, bases de triangulación a medir toesa a toesa, dilatación por temperatura,…), entre ellos y en su correspondencia con la Academia de Ciencias de París.

El libro “Los caballeros del punto fijo” de L y M, junto con el de Nuria Valverde “Actos de precisión”, son preciosos porque muestran (sin enfrascarse en relativismos y dudas sobre la ciencia) cómo esta expedición cambió la relación entre teoría y experimento que los científicos habían imaginado mucho más directa hasta entonces (L y M: 158). Por muy precisos que fueran los instrumentos o sus entrenamientos, siempre había la posibilidad de plantear dudas sobre cómo se había llevado a cabo y, en lugar de entender su trabajo como la preciosa conversación entre hackers siempre en curso que realmente era, se ofuscaron en “tener razón”. De hecho, ver quién tenía razón en la discusión sobre la forma de la tierra (Newton vs. Descartes) se convierte en la motivación principal de las mediciones geométricas de la Tierra, y los científicos no dudan en plantearlo así (Inglaterra vs. Francia) para ganar más interés de la corona en la financiación de sus trabajos. La expedición de Perú es, en su origen (que luego se complicaría), una parte de un experimento diseñado para zanjar esa disputa sobre la forma de melón o de sandía (que a mí me recuerda mucho también a la disputa liliputense de Swift). Y se combinaba con otra expedición a Laponia para tener datos de lugares lo más distantes posible entre ellos y así compararlos.

En su paulatino descubrimiento de las limitaciones del exprimento, los científicos se ampararon en la reputación, que confirmaban los pares, sí. Pero, poco a poco, ser par dependía más y más de la validación por las instituciones emergentes de la ciencia, en gran parte controladas por los estados nacionales también emergentes. En el libro lo explican como el paso de “sabios” a “académicos” (L y M: 211), los segundos con un rol político importante en las nuevas monarquías centralizadas modernas. No es de extrañar que Jorge Juan y Antonio de Ulloa tengan menos pdecepciones en este sentido pues son más prácticos, primero militares y patriotas, se  convierten en científicos por vía de decreto real y, sólo más tarde, son aceptados en las Ademias de París e Inglaterra respectivamente (L y M: 206-16).  Es interesante como, tanto la institución académica como la política, van poco a poco dándose por supuestas y desapareciendo del relato de los hallazgos científicos y entendiéndose como neutrales cuando son ellas las que sentaron sus bases. Y aquí es literal: la base de medida que une el espacio geométrico abstracto de la ciencias puras con las ciencias “de la tierra” (geografía (o geodesia mejor), ingenierías, urbanismo,…) desaparece como algo “natural”. Al dar el metro y el sistema métrico por supuestos desaparece todo lo que los hizo nacer: esos increíbles esfuerzos físicos, inversiones, matrimonios, debates, acuerdos, cálculos, desarrollo de instrumentos, etc desaparecen también y, con ellos, la posibilidad de imaginar otras maneras de hacer esas ciencias y técnicas.

Por eso en el trabajo no quiero centrarme tanto en lo político como hacen L y M en “Los caballeros del punto fijo”. Mi intención es mirar más las operaciones concretas y encontrar las articulaciones que nos permitan seguir variaciones en las líneas de argumento.

Lafuente_Mazuecos_la-geometrizacion-de-la-tierra-observaciones-y-resultados-de-la-expedicion-geodesica-hispano-francesa-al-virreinato-del-peru-1735-1744

Por ejemplo, me interesa cómo la triangulación como técnica permitió que los expedicionarios trabajaran separados, midiendo a veces desde distintos puntos para unirse en otros, y así poder hacer comprobaciones, como se ve en el esquema de L y M. Se me ocurría un paralelismo con la construcción de estructuras de barras trianguladas: Se utiliza el triángulo por ser una figura indeformable geométricamente que permite calcular y construir estructuras complejas de forma sencilla. Pero no es inderformable mecánicamente, las barras, de hecho, se dilatan y contraen, se mueven, pero, al unir muchos triángulos construidos con los materiales adecuados, la deformación se puede controlar dentro de los márgenes de estabilidad que se busquen.

 

Triángulos de Bouger
Triángulos de La Condamine
Triángulos de Godin

Bien, mi propuesta es que lo que se encontraron los expedicianarios de Perú fue una Tierra en movimiento, en constante deformación, que intentaban fijar con sus herramientas geométricas aún por estabilizar, que, como parte del mundo y como ellos mismos, estaban también en constante movimiento. Todos esos trabajos de triangulación y observación astronómica pasados en Perú, Laponia, Dunkerke y Barcelona y, a partir de entonces, por toda la Tierra y luego desde el espacio con el GPS satelital son un esfuerzo por mantener a la Tierra quieta. Al repasarlos, no se trata de afirmar que la tierra pueda tener distintas formas según se mida sino de que hay distintas formas de medir la tierra. Medirla geométricamente ha sido una de ellas, y un reto muy apropiado para la ciencia geométrica ciertamente pues, como demuestran los problemas de los expdicionarios con el barómetro y las dilataciones, el suelo, la superficie de la tierra y las posiciones de los planetas y estrellas son mucho más estables que las atmósferas, los vientos, las mareas, las aves migratorias o los movimientos de las personas. Pero hay muchos otros por recorrer y no creo que sea demasiado útil mantener invisibles e incuestionables los supuestos con los que se realizó esta medida y se sentaron las bases del espacio de conocimiento moderno.

Por ejemplo, el GPS, aunque dependiente de todos los aprendizajes de aquella aventura (aún en marcha por cierto), si se combina con los dispositivos móviles abre la puerta a relacionar distintas cosas entre ellas (a qué distancia estás, cómo llegar hasta donde está esa otra persona,…) que en su localización en una Tierra entendida como estable. U otro ejemplo más antiguo y cañí: una fanega (unidad de volumen y superficie de tierra) puede equivaler a distintas cantidades de metros cuadrados en una misma localidad, dependiendo de si las tierras son de regadío o de secano. La fanega tiene en cuenta el clima, las técnicas de producción y la productividad de la tierra, algo que al metro se le escapa. Y otro más exótico: los navegantes polinesios podían hacer travesías en mar abierto sin cargar con mapas y sextantes a base de conocer los ritmos de las mareas y los movimientos de las estrellas que nunca paran de moverse bajo sus pies y de las que mantienen constancia todo el tiempo (aún cuando no navegan) para no perderse en el mundo (Turnbull 2000:139).

El objetivo de esta búsqueda es, entonces, encontrar herramientas que nos permitan medir mundos menos fijos que la superficie de la Tierra y, también, imaginar prácticas que, en vez de dar las cuestiones por zanjadas, en vez de cerrar el mundo, abran líneas de vida. Tal y como hacen los escaladores en el Peñón de Ifach: en términos métricos y geodésicos, la pared del Peñón apenas existe, pero ellos la van llenando de infinitas líneas que otros escaladores pueden recorrer una y otra vez.

Espacio liso VS. Espacio estriado

Captura de la línea del Dominio Público Marítimo terrestre en disputa en el Peñón de Ifach, sacada del Visor del Ministerio de Costas

Captura de la línea del Dominio Público Marítimo terrestre en disputa en el Peñón de Ifach, sacada del Visor del Ministerio de Costas

Es una búsqueda práctica porque como arquitectos y constructores, nos damos cuenta de que las herramientas con las que hemos aprendido a trabajar son herederas de una idea moderna de diseño que, como los monarcas ilustrados, “mide el espacio para ocuparlo” (Deleuze).

¿Cómo podemos cambiar nuestras prácticas para corresponder con un mundo siempre en movimiento? ¿Cómo podemos trabajar con los flujos concretos de materiales, personas y cosas si nuestras prácticas siguen, por defecto, fijando el mundo en un espacio virtual abstracto? ¿No hay otras formas de medir y repetir que acepten la variabilidad del mundo? ¿Que lo abran en vez de cerrarlo?

¡A ver hasta donde lllegamos!