Consultas – Etapa 1: Conversaciones, Clientes, Soportes

En nuestro trabajo como arquitectos o, mejor dicho, como hackers de la construcción del entorno, utilizamos las Consultas como una herramienta esencial de comunicación con el cliente y de traducción de sus inquietudes o demandas a problemas concretos.

Muchas veces, en la reforma o en la construcción de una vivienda, tanto desde la constructora como desde los propios habitantes, se asocia la intervención de un arquitecto con el aumento de tiempo y de costes. Para alejar esta idea de la práctica nos preguntamos: ¿qué problemas concretos  y reales puede resolver el arquitecto? y enfocamos nuestro trabajo a tratar de solucionar las necesidades reales de nuestros clientes. Así que primero tenemos que conocerlas y para eso es imprescindible crear un contexto de entendimiento, con unos clientes involucrados y comprometidos desde el principio con el proyecto de su vivienda.

Veamos cómo abordamos este procedimiento en las Consultas.

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Las Consultas de Arquitectura poseen tres etapas bien diferenciadas:

  • la Consulta,
  • el Manual de Instrucciones y
  • la Gestión de Obra.

En la primera etapa, la Consulta propiamente dicha (la cual versiona y aumenta el método Livingston), desarrollamos una serie de estrategias (a través de charlas, entrevistas, juegos, lecturas, deberes…) que tienen el objetivo de traducir las necesidades y deseos de los clientes a aspectos concretos de su vivienda (materiales y espaciales). Partimos de un compromiso mutuo, un intercambio de información personal y una transparencia total en cuanto al proceso a seguir: tiempos, costes y resultados. En la consulta hay dos sesiones de trabajo iniciales: la primera está orientada hacia la historia de los habitantes, el hábitat familiar; la segunda hacia el lugar en donde se implantará la vivienda o se realizará la reforma. Por ello, se realizan en lugares distintos, para diferenciar el hablar acerca de uno mismo y sobre la obra en sí.

En esta fase de trabajo, cuando el cliente espera ver ya un boceto de su futura vivienda y en cambio se encuentra hablando sobre su historia personal, sobre sus ideas, es donde se produce el primer cambio de perspectiva: no se trata de esperar que el arquitecto presente un plano y se discuta sobre él, ni de enfrentar las ideas de los clientes con las de los arquitectos, sino de conversar. Como dice Ester:

Lo bueno de seguir  un método de trabajo “conversacional” es que permite decodificar las demandas no explícitas, las que quizá no sabes verbalizar porque los marcos con los que pensamos la vivienda son muy estrechos y están muy estandarizados.

Esto es esencial ya que permite que los usuarios vayan desvelando a través de la conversación sus intereses personales permitiendo que, en la siguientes sesiones al analizar las múltiples opciones o variantes  que pueden plantearse para la vivienda, éstas no les sean extrañas gracias al proceso anterior y puedan reconocer en ellas su aportación.

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Un proceso de diseño similar es el que planteó para la vivienda colectiva el arquitecto holandés N. John Habraken con su teoría de Soportes. Desarrollada en los años sesenta, propone una metodología que sitúa al usuario de la vivienda como protagonista del diseño: sus necesidades y modos de vida están en continuo cambio y, por lo tanto, el diseño de su casa debe ser flexible y capaz de adaptarse a las transformaciones que tengan lugar en su vida.

Josep Maria Montaner y Zaida Muxí la explican: “(…) su propuesta se basaba en una cuestión conceptual fundamental: llegar a separar aquello inamovible y colectivo que hay en todo edificio residencial –lo quedepende estrictamente de las ordenanzas, la estructura, las instalaciones y las aberturas–, es decir, el soporte, de aquello que pueda ser transformable y que pueda depender del usuario, como las divisiones interiores, los armarios o las piezas de las cocinas y los baños, es decir, las unidades separables.

La teoría de Habraken está enfocada hacia los bloques de viviendas, pero igual sirve para las unidades de de vivienda. Lo que nos interesa es la participación del usuario en el proceso de diseño de la vivienda aportando la máxima información para que ésta pueda ser lo suficientemente flexible y ajustarse a su modo de vida actual y a los posibles cambios futuros. Y además: cómo plantear la relación arquitecto-usuario-construcción para reducir las distancias entre quien diseña y quien construye y quien vive esos espacios.
Imágenes de proyectos de los clientes

Es en este proceso, en el que se expone el imaginario, donde contemplamos la traducción de unas intuiciones a unos valores espaciales concretos, sin intermediarios, en crudo. En el dibujo del tipo de casa que se imaginan:

(…) we find architectural values people share. The house is the place where we spend the most of our time, where we are born, marry, raise children, and grow old. The house type is perhaps the most widely shared experience in a culture (…)“.

[ Type as a social agreement , N. John Habraken]

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Estos dibujos son muy significativos en el proceso de diseño ya que consiguen reprensentar un “estado de las cosas”, una condensación de las primeras decisiones en torno la vivienda. Este esfuerzo es realmente importante: fijar en un papel la infinita cantidad de ideas, nociones, reflexiones, sospechas, intenciones, ideología, etc. que se encuentran diseminadas en la mente de una persona acerca de su vivienda ideal. Y así, poder conversar sobre ellas.

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Haber compartido el proceso en el que se descubren las necesidades y los deseos a partir de conversaciones,  participar del imaginario a través de dibujos y comprender los distintas aproximaciones a la vivienda es fundamental para abordar las próximas etapas:

  • Comenzar con la toma de decisiones ante el despliegue de viviendas posibles en la Presentación de Variantes y su ajuste.
  • El desarrollo de la autonomía con El Manual de Instrucciones.
  • Asumir responsabilidades durante la Gestión de la Obra.

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